Caí en una noche sin estrellas.
Mis ojos, muy abiertos, no veían nada.
Mi boca se abrió para pedir ayuda, y gritó, en cambio, el más desamparado silencio.
Me hundí. Me hundí hasta el fondo de tu distancia, siempre cerrada y amenazadora.
No es importante.
¿No es importante en tu vida? Está bien, está bien. Pero es importante para mí. Sé lo que dirás, seguramente, como implicada. Me habías provocado para que hiciera algo que ya no provocarías más. Otra vez, debía desempeñar el rol de observador, pero a partir de ese momento, con un recuerdo incorporado de lo que ya no tendría jamás.
El contacto de tus labios, delicado como una libélula que roza la superficie del agua.
No pongas esa cara. Ya lo sé, lo sé, me lo dijiste muchas veces, que personas como vos viven sin lamentaciones, sin sensiblerías. Pero eso es lo que he tratado de explicarte, vida, que es algo casi religioso. Como comprenderás, yo debería seguir viviendo, por lo tanto lo único que hago es aceptar ese momento como se acepta algo religioso. Sí, ya sé, no me interrumpas ahora.
Una religión que no practicarás jamás.
Yo bien lo recuerdo, es tan nítido como si estuvieras sosteniendo un durazno en cada mano blanca; y es algo en vos que es más que vos. ¿No lo entendés? No me extraña. Si lo supieras todo esto sería innecesario. Y si no lo sentiste en aquel momento, de qué puede valer que intente explicártelo ahora. Ni loco lo hago. Prefiero que tu silencio sea tan ambiguo como el silencio de Dios ante las injusticias que padecen sus fieles. ¿O no te dije que era algo casi religioso? Y no. No sé bien por qué, pero persigo esto desde antes del uso de la razón, desde que tengo uso de corazón, la razón fue posterior al corazón, y su asesina.
No sé muy bien por qué persigo tal fin, pero en definitiva creo que es lo único que me sacará de esto para llevarme… ¿qué carajo puedo saber dónde? ¿Acaso las religiones saben bien qué es lo que persiguen? Un cura me enseñó eso de la visión beatífica. Bueno, ponele que sea eso. Cuando morimos y vamos al cielo, vemos una visión beatífica, eso era lo que me decía. Por supuesto que ni vos ni yo esperamos nada después de la muerte. ¿Fruncís el ceño? ¿No estás segura? Yo sí lo estoy, porque debe haber algo que suene así como aquel silencio que grité en el momento del mayor espanto. Por eso esa experiencia religiosa fue tan atroz como didáctica. No te rías, que es así. Cuando llegué al final del camino no había luz, no había puerta, ¡no había nada!
Pensé: si no me despierto, voy a caer indefinidamente como una pluma que flota y flota en el aire, sin posarse jamás. No fue la única vez en mi vida que pensé en la muerte, es más, fue la penúltima vez que pensé en quitarme la vida. Y sé que la próxima y última será la definitiva, la que no admita excusas. Aunque ahora que tu silencio me deja pensarlo, diría mejor entregar mi vida. Fue como si le diera algo a un receptor impaciente. Como devolver un libro al encargado de la biblioteca el día del vencimiento. Me parecía, cuando había llegado al final de aquel camino, que mi vida estaba deshecha, y necesitaba ser reparada con urgencia.
No quiero parecer metafísico, amor, pero fue cuando aquella visión beatífica sucedió. Abrí los ojos y en el agua tranquila despuntó un resplandor levemente mortecino, puntual, ligeramente montado sobre la espalda de la corriente. La luz parecía invitarme a caminar bajo el agua, cuando repentinamente supe qué era. ¡Sí! Había visto a Rigel reflejada en nuestro oscuro Paraná nocturno. En ese instante sentí que mi cuerpo era una especie de intermediario entre lo muy alto y lo muy profundo. Como si mi cuerpo, la costa, el agua negra, la casa distante con su única luz tenue, todo eso, fuera una delgada membrana extendida en el espacio, toda transparente. Una película a través de la cual brilla la belleza. ¿Sabés a qué distancia está Rigel? Esa luz había nacido mucho antes de conocerte, y llegaba recién ahora, apenas a evitar un suicidio más. Una muerte más, común y corriente.
4 de julio de 1998













