De pronto un disparo pudo más que todas las virtudes del pobre hombre.
No resistió más, y relajó sus músculos con el último hálito vital,
como quien suelta una lágrima callada en la soledad de su cuarto.
Una noche acalorada en su cuarto.
Lo había meditado muchas veces, hasta que por fin se decidió. Y un disparo en la boca era un método, sabía, infalible para el autoexterminio. ¡Bah! Saber… no lo sabía. En realidad la cadena de suicidios de esta índole le daba alentadoras perspectivas de no fallar en su propósito. Porque lejos estaba el desdichado de inventar una parodia para llamar la atención, como, dicen los que saben, realizan los incomprendidos para que alguien los atienda.
Además, llamar la atención de quién.
No era su caso, ya estaba abatido, derrotado, y sin esperanza alguna. Esto es lo que critican los inadaptados de siempre. Creen que porque ellos tienen esperanzas y el sol se levanta cada mañana, es lo mismo para todos.
Rebaño. Es una palabra nietzchesca, si se me permite el término. Es lo que desean para la sociedad. Pero cuando un hombre queda afuera de todos y de todo, la determinación es trágica.
La muerte no sirve de nada. Le habían recalcado una y otra vez las ocasionales víctimas de sus depresiones. Pero aquél, como si nada, harto de permanecer ya muerto desde hace tiempo en la tierra, decidió emprolijar su situación y liquidar el pleito con el único método efectivo: matar su cuerpo, puesto que ya no había resurrección posible para su alma.
Pudo convertirse en un asesino, en un violador, en un delincuente, en definitiva, sin considerarse juzgable ni condenable por ello. Se firmó a sí mismo el acta de defunción aquella noche en que su espíritu sucumbió ante una sola palabra, terrible.
No. Fue la palabra, o el eco incesante de cada propuesta, de cada proyecto, mutilado sin piedad desde su indefensa concepción.
Esa noche no improvisó despedidas ni aclaraciones. Sólo se concentró en la causa de su dolor, en el último ¡NO!, y llorando amargamente su pena, hasta el punto de ulcerarle para siempre el estómago y el corazón, lo hizo.
Pensó. La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos… Neruda. Y citó aquellas palabras que precedieron el último ¡NO!: Yo te amo. Un pecado espantoso, amar a alguien; pensó en los seres desgraciados de las películas, los jorobados, los hombre-elefante, los deformes. Y se compadeció de ellos y resolvió empujar el gatillo por aquellos otros pobres que no pudieron hacerlo. Percibió que lo más diabólico del horror es que llega para quedarse, y el sufrir se perpetúa hasta la tumba.
Al menos, así lo pensaba mientras se le anudaban las tripas en la capital misma del dolor.
Oyó el disparo. Algo notó que le trepanaba el cráneo, de lado a lado, pero increíblemente no le dolió. Quiso llevar su mano al orificio de salida, cerca del punto culminante de su cabeza. Y al hacerlo notó su mano vacía. No recordaba haber soltado el arma, pero su mano estaba desnuda.
Se incorporó. Nada había cambiado. Si hasta parecía que el túnel dejado por el proyectil se había colapsado y ni siquiera sangraba.
Un error de cálculo, imaginó. Y salió a la calle en plena madrugada a comprar más cigarrillos, pues, el último lo fumó apasionadamente, con la dedicación de las últimas cosas, antes del disparo.
Pero todos los quioscos habituales estaban cerrados.
Volvió para matarse, aun sin esa última pretensión.
Entró a su cuarto. Y entonces sí, regresó.
El dolor. Agudo en medio del pecho. Sería una consecuencia del disparo. Pero ¿Cómo es posible que me duela el pecho, que sea el rigor de un amor jamás correspondido? Comprendió que se trataba de la vieja herida, la que lo llevaba a suicidarse.
Y cada vez crecía más y más.
Cargó nuevamente el pistolón al recordar lo que había planeado, y que por alguna minucia de innecesaria explicación, tampoco se le daba, como nada en la vida.
O como todo.
Así pues, en medio de un padecimiento devastador, quiso tomar el arma y ya no pudo. Sentir sus pies en el piso helado de su cuarto desordenado, y tampoco lo sentía. No le pasaba nada, nada más que ese martirio incombatible.
Corrió hacia la vereda, a buscar un último cigarrillo. Pero la vereda no era la misma. Y al doblar en la esquina era pleno día. Y la gente hablaba un idioma extraño, y se vestía con abrigados gorros para cubrirse de un frío polar.
Pero a él no le pasaba nada. Más que dolor.
Deambuló atormentado desde entonces. Como un fantasma que bien no sabe qué sucedió, ni cómo librarse del exilio de una inexistencia perceptiva de la aflicción de entenderse definitivamente muerto de toda vida, pero consciente hasta el horror, ése que llega para quedarse, de que las únicas armas con las que podría enfrentar su desdicha habían sido sepultadas hace quizás siglos por su trágica decisión en una noche acalorada en su cuarto.
Caminó nuevamente hasta su cuarto, desgarrando su invisible esencia, ignorado por la gente, por los animales, por las plantas, por las piedras que ya ni podía tocar.
Y lo halló entre unos repentinos montes tropicales. Allí dentro estaban su pistolón, la colilla apagada de su penúltima voluntad, y ni una gota de sangre.
Entonces sintió un dolor profundo que le carcomía increíblemente lento todo lo que se atravesaba en el camino del proyectil.
Supo que estaba matándose, quizás hace siglos, y que ni siquiera todo el arrepentimiento del mundo podían detener los desbocados perdigones que por su propia culpa, lo condenaban a vagar, como lo sintió un momento antes, por ese monstruoso dolor irredimible.












