Mil novecientos ochenta y seis fue el año del cometa Halley. Y sí, también de dos catástrofes que me marcaron para el resto de mis años, ya tristes por entonces. El Challenger y Tchernobyl. Pero también fue el año del cometa.
Ya sabía de antemano que todo el furor propagandístico era mera mercadería para el consumo de los pueblos que no deben preocuparse de los problemas reales. Lo sé, lo sé. Por eso cuando empezó la fiebre del Halley me mantuve al margen, como cuando a fines de los setenta vendían cascos para evitar golpes en caso de recibir un pedazo de Skylab en la cabeza.
El Halley de 1986 fue un fiasco público. No alcanzó la magnitud esperada, y casi no pudo vérsele la cola, con lo cual su apariencia se redujo a una estrellita más, del color de la Luna, poco antes de despuntar el alba, cerquita de Júpiter.
Te llevé a la terraza pese la hora y el viento fresco del amanecer de febrero. Estaba allí el telescopio y unos binoculares de mala calidad que deformaban más que lo que aumentaban. Las ranas daban su concierto en las veredas. Algunas aves blancas sobrevolaban de sur a norte, y la luna menguante se abría para cercenar la Vía Láctea.
—No veo nada —dijo forzando la vista a través de los binoculares.
—Al sur y al oeste del cuerno de la luna —le dije, y para indicarle la posición señalé un punto dentro de la abierta U que formaban mis dedos índice y pulgar.
Miró una y otra vez.
—No veo nada.
—Es sólo una mancha. Una manchita borrosa cerca del cuerno de la luna. La luz de la luna hace que sea difícil distinguirlo.
Miró nuevamente.
—Dejame probar con el telescopio.
Se puso en pie. Yo ajusté la dirección.
—No lo veo, che. Lo lamento, pero no veo nada.
—Es muy lindo. Si lo mirás directamente a lo mejor no lo ves, pero si apuntás de costado, por ahí…
—Te creo, pero te aseguro que no puedo verlo.
Desde el este aparecieron nubes como colas de caballos, teñidas con los primeros rayos de sol. Nubes brillantes sobre el fondo de un cielo de zafiro. Nubes noctilucentes que se llaman, algo muy raro. El viento musicalizaba a la higuera que cantaba con su follaje cargado de brevas. Nos quedamos en silencio contemplando las estrellas. El cemento estaba frío contra sus piernas descubiertas.
—No importa —le dije—. Es sólo una mancha.













