—Decime una cosa, vida, ¿por qué desapareciste cuando estábamos en la facultad? Algo me llamó la atención de vos en ese momento, pero de ese algo me di cuenta recién cuando ya te habías ido.
Se encoge de hombros.
—Tenía miedo, tenía miedo por lo que había hecho en tu pasado, por lo que te hice en el pasado.
¿Y en el futuro, vida? ¿Y en el futuro?
Hizo una profunda pausa.
—Además, …aquel otro, ¿te imaginás? ¿te acordás? Sí… podría haber sido todo mucho menos terrible, si yo hubiese sido tan fuerte como él…
Sus ojos están calmos, totalmente calmos, no están fijos en nada en particular. Su piel es límpida, casi transparente. Y la aureola de esos cabellos más cortos que otrora se ha vuelto menos ardiente, pero todavía late. Su voz es la que menos ha cambiado. Escucho aquella voz registrada en mi cerebro hace más de diez años y la comparo con ésta. Hago lo propio con sus manos, y creo que es una subjetividad alevosa decir que son tal cual eran, porque lamentablemente aquellas manos fueron y son irrepetibles, aun en ella misma.
—A veces creo que el tiempo… me explotó…
Y volvió a callar.
—Y… Dios, ¿viste? Él también me usó.
—¿Cómo es eso?
—Se aprovechó de mi debilidad. Me colocó en una posición de humillación. Todo era muy confuso. Y yo que creía en Él…
—Ya no creés más en Él…
—Ah sí… sí… Se parecía un poquito a Robert Powell…
Hace una breve pausa. Baja la mirada hasta perderla en una sombra.
—Sí, Dios se parecía a Robert Powell —las comisuras de sus labios se elevan.
—Mirá, si no creyera más en Dios estaría completamente sola. No quiero estar sola. Necesito a Dios. Pero ya no me preocupo por lo que él espera de mí.
—Hay cierta religiosidad, o seudo-religiosidad que le hace daño a la gente. A la mayoría de la gente la deja peor que al comienzo.
—La fe te obliga a estar vivo. Eso ya no me gusta.
—¿Vivir?
—No. Que me obliguen a algo, a lo que sea.
—Si la fe se tiene o no se tiene, ¿dónde está el heroísmo de tener fe?
—¡Mierda!, se me infectó donde me raspé ayer, acá en la uña. Mirá…
—Desearía poder creer en Dios. Sería bueno pensar que todo tiene sentido. Pero no puedo, vida. Si creyera verdaderamente en un Dios que es responsable de todo lo que sucede, entonces no me quedaría más remedio que despreciarlo.
—Entonces en qué creés …
En vos, vida. Creo en vos.
—¿Te acordás de aquellas noches que pasábamos juntos en el patio, aunque nos comieran los mosquitos… hace… como diez años…
Consiente con un gesto.
—En eso creo, y creo en (¡Creo en vos, vida, creo en vos!) las cosas que sí pasaron, no me engañan más con los supuestos.
—Pero ¡vamos! Aquellas noches no eran nada en sí. La magia, lo sobrenatural está en vos, dentro tuyo, que las recordás así.
—No, amor, no estoy de acuerdo. Lo sobrenatural es aquella noche. Si vas a usar la palabra sobrenatural… entonces lo sobrenatural es la noche. Yo no emplearía esa palabra. Jamás pensé que aquella noche era divina. En otro momento, alrededor de otro ser humano, como de casi todos los que estuvieron compartiendo nuestra noche allá afuera, habrá sido una noche más, un cono de sombra proyectado hacia el espacio, como el que antes recordábamos juntos. Pero entonces, en esos minutos, bajo las estrellas, esos determinados pendejos advirtieron algo que estaba en la noche, algo fuera de ellos, algo que por lo general está en todas las cosas pero que nunca advertimos, y que se nos reveló.
—¿Y qué fue?
Me encojo de hombros, no puedo darle un nombre.
—¿Algo de Dios?
—Podría ser. Pero es un nombre demasiado pesado para mi gusto. Tal vez no sea más que distintas palabras que signifiquen una misma cosa. Preferiría no darle un nombre a eso que se superpuso en esas noches. La noche fue sólo el estuche, un envase hacinado de estrellas.
Como alguna vez, vida, vos fuiste el estuche.
—Como alguna vez, vida, vos fuiste el envase.
—No voy a agregar nada… Te das cuenta, quizás lo importante fue lo que vos pusiste en esa noche. Lo que vos llevás dentro tuyo.
—No, la belleza no está en el ojo del observador. Ésa es una herejía cristiana. Yo prefiero ser pagano al respecto. Yo prefiero creer que la belleza está en los objetos. En una noche cruzada por la Vía Láctea, fisionada repentinamente por estrellas fugaces, en una mujer recostada pese a los mosquitos…
—Yo no soy una cosa…
Claro que no lo sos. Tus manos permanecen inmóviles sobre la mesa, pero tu piel es tan lúcida que parece flotar un milímetro sobre la madera lustrada. Hay en vos una delicadeza, una inmaterialidad, que siento que si aplaudieras con tus manos, te desvanecerías. Un fantasma, una bella ilusión.
Guarda silencio un largo rato, luego dice:
—Pero olvidaste algo, algo que ni siquiera nombraste en tu charla de estrellas y resplandores, en toda esta charla de objetos y diosas portentosas, hay una cosa que no mencionaste…













