La soledad es un don. Y un arte. La soledad fue el regalo que me dieron mis yoes anteriores, y mi arte la perfeccionó. Fue la soledad la que me guió al cielo, a los vastos espacios vacíos, al profundo infinito de silencio.
Desde los nueve años llevo escritas en la memoria las vivencias de un niño bajo la noche estrellada. Aquí están en mis adentros, formando una pila de apuntes invisibles en los estantes de la memoria, escritas con la que imagino la letra ansiosa y maravillada de un animalito ante la Creación.
Esos recuerdos son mi banco, mi tesoro. No valen nada para nadie, ya lo sé, pero de ahí vengo, y no pienso incendiarlos sin remedio. Son cometas, meteoritos, eclipses, conjunciones, anillos de Saturno, satélites de Júpiter, fases de la luna, luces zodiacales.
En mis recuerdos hay momentos especiales, marcados con un fuego arrollador. Elijo uno al azar: primavera de 1980, una luna de no más de veinticinco horas de vida se suspende en un cielo inusualmente diáfano, dorado atardecer de Rosario, un aro delgado y rubio, como una pestaña de Yanina, algo tan raro y bello que verlo, aunque más no sea una vez, justificaría toda una vida de observación.
Otro recuerdo: la nova de otoño de 1975 en Cygnus, que reconocí en el cielo antes de enterarme por las noticias, una estrella nueva de segunda magnitud. La primera nova brillante de mi vida, y posiblemente la última, desencuadrando la cola del cisne, como si fuera una pluma que el viento estelar hubiese arrancado.
Y otro más: la explosión del meteorito de diciembre de 1982, un caso único que pude presenciar segundos antes de terminar la observación, cuando ya creía que no podía ver más nada.
Y otro: Ese 22 de diciembre, cuando estrenando el telescopio que pude comprar tras la venta de mis cosas, descubrí los anillos de Saturno, planeta al que había perdido el rastro meses atrás y no daba con él debido a su proximidad aparente con el sol.
El Principito de Antoine de Saint-Exupéry vivía en un planeta poco más grande que una casa. Una tarde, moviendo simplemente la silla, pudo presenciar cuarenta y tres puestas de sol. ¡En un solo día! Yo creo que no he visto esa cifra en toda una vida sepultado en la metrópolis. Uno ama el atardecer cuando está triste, le dijo el Principito al piloto, y es verdad. La soledad y la tristeza son como dos manos apretadas, palma contra palma.
Cuando una vez mi tío Alfredo, ya fallecido, me preguntó por qué me gustaba tanto el cielo, supe yo mismo por qué, aunque no tuve el valor de decírselo. Por la belleza. Era así de simple. Ver una bandada de patos cruzando el agigantado disco de la luna a través del telescopio es como contemplar una mujer hermosa. Y ya estaba enamorado, a esa edad, de la belleza de las mujeres.
Cargo en mi sangre la avidez asesina de la belleza.













