Nunca olvidaré el momento en que descubrí que la noche tiene forma.
Yo estaba en la escuela primaria, en una de las tantas tardes de tedio, en que el gris de las nubes penetra el alma de la gente bajo el húmedo invierno rosarino. Afuera, la calle Laprida, sus tristes líneas de colectivos, vacíos, como la mente del niño que está solo y contempla. Una clase de Religión en un colegio católico. Y aquel niño que hablaba con Dios en un idioma categóricamente opuesto al de la exégesis bíblica, tan autodidacta y teórico como esos clérigos, es verdad, tan dependiente de los libros y las láminas que mostraban a su asombro la cartografía estelar.
Luego, por las noches, lo estudiado precariamente en sus atlas florecía en un sinfín de llamaradas puntiformes. Por supuesto que Dios le respondía, tanto o más que a los sacerdotes que exponían en las aulas los prodigios del paso del Mar Rojo, y cómo el Señor se reveló ante Moisés en las ardientes zarzas de esa insoportable soledad que compartían.
Porque era toda una respuesta divina aquella surgida de la petición del niño que miraba el cielo, si allí debiera estar Procyón, y sí: allí titilaba, a tantos grados de Orión. Y también Betelgeuse. Y Aldebarán. Y por allá tendría que estar la Cruz del Sur, y también: por allá se suspendía, clavada en un Gólgota de éteres inmaculados.
Por eso, quizás, nunca olvidaré el momento en que descubrí que la noche tiene forma.
Tenía nueve años cuando me brotó esa mágica inspiración, aunque pocos para algunos, para mí ya eran demasiados. Ya conocía el cielo casi de memoria, para el asombro de parientes y curiosos que buscaban huir, seguramente, del oprobio de sus monotonías preguntándome sobre algo tan absurdo para ellos. Porque aquel sobrino que siempre fue tan raro, enfermo de contemplación, bien podría mentirles al contestar el nombre de cada estrella. Sobre todo por una duda razonable: nunca decía “No sé”. Pero, insisto, para mí, ya esos nueve años me pesaban como los grillos que había logrado abrir para liberarme en busca de mis estrellas.
El caso fue simple: compartía el banco de madera con Sotelo, el mejor amigo que me hice en los primeros años de la primaria, el tímido Sotelo, el incomprendido Sotelo, la víctima principal de las pesadas bromas de sus aburguesados compañeros de grado, que encontraba en mí el único reparo en el cotidiano camino desde la llegada al colegio hasta el regreso a su hogar. El débil Sotelo, que siempre estaba enfermo, y que nunca dejaban ir cuando llovía mucho.
En el banco había un orificio circular que alguna vez albergó un tintero. Uno de cada lado, uno para cada alumno. Sin querer, o para no aburrirme en esa clase sobre prodigios lejanos, había trazado con mis uñas dos líneas tangentes de esa circunferencia, y que se encontraban en un vértice como los lados del sombrero puntiagudo de un mago. Miré las dos líneas y dije en voz alta: Ésa es la forma de la noche.
La noche es la sombra proyectada por la tierra. Puesto que el sol es más grande que la tierra, la sombra tiene forma de cono. La tierra lleva puesta la noche como un sombrero de mago. Cuando el Padre Torres advirtió mi distracción, se enteró de mi descubrimiento.
—¡Tenía que estar prestando atención! ¿No ve que no sabe qué está haciendo el resto de la clase?
Un descubrimiento simple: barniz viejo, una uña, un orificio circular para insertar un tintero, un niño hundido hasta el mentón en las arenas movedizas de su soledad.
Cada objeto próximo a una estrella luce un cono de noche. Cerca de cada estrella hay un anillo de sombras con forma de cono que se proyecta hacia el espacio como una corona de espinas. La familia de noches del sol incluye también las pequeñas partículas y los grandes planetas, los satélites, cometas. Cada partícula de polvo del universo proyecta su propia pirámide diminuta de oscuridad.
Es como si el sol se encrespara de noche como un erizo de mar lleno de espinas de sombras.











