Te conocí en la puerta del estudio de la radio, junto al Chango Nieto, en la época que hicieron el dúo. Mi primera palabra fue un “Hola”, pero luego irreverentemente pregunté “¿de parte de quién?”, porque no esperaba sus presencias. Cuando se acercó el Chango supe que había metido la pata, e hice como que fue un chiste. Sonreiste, quizás pensando “ya no me reconoce nadie”. Si fue así, afortunadamente te equivocaste.
Hoy está muy de moda el folclore romántico y melódico, y pese a tanto olvido, siempre supe quiénes empezaron todo esto, con el riesgo que significa transformar algo tan arraigado como la expresión tradicional.
Hoy me golpea tu noticia, que trato de endulzar con tu repertorio desde muy temprano.
Cuando golpees las puertas del Cielo, como dice Bob Dylan, te van a reconocer seguro, por algo te reclamaron tan temprano, y esta noche vas a estar compartiendo el fogón con el Chango, con Cuchi, y con tantos ausentes que con puño y garganta me hicieron lo que soy. Hasta siempre.
“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas, lo mismo que un árbol que en tiempos de otoño muere por sus hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.
Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía, donde encontrarás con el pan al sol la mesa servida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo”.
Cuchi Leguizamón











